El Periódico de la Psicología

La alegria, no es vivir con una sonrisa, es vivir.

Ciro Espíndola 05.12.18 Baden - Suiza

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En el lejano Japón, hace varios siglos, vivía un gran samurai, ya anciano, se dedicaba a enseñar el budismo zen a los jóvenes.

A pesar de su edad, se decía de él, que era capaz de vencer a cualquier adversario.

Cierto día, un joven guerrero conocido por su total falta de escrúpulos y fortaleza, pasó por la aldea del viejo samurai.

Quien era famoso por utilizar las técnicas de la provocación y desvalorización del adversario, esperando que este realizara su primer movimiento y gracias, a su inteligencia privilegiada para observar y captar los errores, contraatacaba con velocidad fulminante.

El joven, irascible e impaciente guerrero, jamás había perdido una batalla.

Conociendo la reputación del viejo samurai, estaba allí para derrotarlo y aumentar aún más su fama.

Los estudiantes de zen que se encontraban presentes, se manifestaron contra la idea, pero el anciano aceptó el desafío.

Entonces, fueron todos a la plaza de la aldea, donde el joven guerrero comenzó a provocar al viejo samurai.

Arrojando piedras en su dirección, escupiéndolo, gritándole todos los insultos conocidos, ofendiendo incluso a sus ancestros, haciéndolo

sentir menos que sus propios alumnos, que presenciaban la escena atónitos.

Durante varias horas hizo todo lo posible para sacarlo de sus casillas, pero el viejo samurai, permaneció impasible y observando.

Al final de la tarde, ya exhausto, humillado, cansado física y emocionalmente, el joven guerrero se retiró de la plaza.

Decepcionados por el hecho de que su maestro aceptara tantos insultos y provocaciones, los alumnos le preguntaron:

- Cómo ha podido soportar tanta indignidad?

Por qué no usó su espada, aun sabiendo que podría perder la lucha, en vez de mostrarse como un cobarde ante todos nosotros?

El viejo samurai repuso:

- Si alguien se acerca a ti con un regalo y no lo aceptas,

A quién le pertenece el regalo?

- Por supuesto, a quien intentó entregarlo - respondió uno de los discípulos.

- Pues lo mismo vale para la envidia, la rabia, los juicios, los insultos, la provocación, la mentira y la desvalorización - añadió

el maestro.

Cuando no son aceptados, continúan perteneciendo a quien los carga consigo.

Nadie nos agrede o nos hace sentir mal; somos nosotros los que decidimos cómo sentirnos.

No culpemos a nadie por nuestros sentimientos y nuestras emociones.

Somos los únicos responsables de ellas.

Eso es lo que se llama asertividad.

La vida no esta formada por las cosas que vemos afuera, esta formada y dada por lo que nosotros comprendemos, aceptamos y resolvemos ser de nosotros mismos.

Todo eso esta dentro nuestro, esta en cada uno tomar la decisión y realizar el cambio.

"No pretendas tener tu casa limpia, solo manteniendo el jardín ordenado, es la máscara para no ver lo que hay dentro"

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